Aprendiendo a vivir sin recetas

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Los secretos de los matrimonios exitosos. Las claves para criar hijos inteligentes. La fórmula de los emprendedores triunfantes. Por qué ganan los ganadores. Los veinte errores que nos hacen fracasar. Los veinte aciertos de los triunfadores. Cómo hacen los famosos para estar flacos. Así meditan las celebridades. Un plan de diez pasos para negociar y ganar. El programa mental para lograr lo que quieres. El método milenario y hasta ahora oculto para atraer a la persona indicada. ¿Quién no ha visto estas ofertas, y otras parecidas, en forma de libros, videos, charlas, video conferencias, presentaciones TED y tantos otros diseños y propuestas? ¿Quién no se ha tentado? Pocos en realidad, de lo contrario estas invitaciones no se seguirían reproduciendo de manera incesante, sin grandes variaciones, salvo el juramento de que esta vez, sí, se trata de la fórmula de veras nueva y definitiva. Si realmente tantas fórmulas, recetas, métodos, claves y secretos fueran capaces de proporcionar lo que prometen, dejarían de multiplicarse, no tendrían vidas tan efímeras antes de dejar su lugar a la próxima novedad milagrosa, las multitudes habrían dejado de consumirlas y viviríamos todos, gracias a estas prescripciones generosamente ofrecidas, en un estado de perpetua e inmóvil armonía y felicidad. Tendríamos parejas felices, negocios exitosos, hijos prodigio, saludes perfectas, cuerpos impecables, mentes iluminadas y fortunas cuantiosas.

Pero algo no termina de cerrar. Las fórmulas funcionan (cuando lo hacen) como placebos de efecto breve y la insatisfacción que lleva a consumirlas reaparece pronto en todo su esplendor. ¿Falla la receta o el usuario? No habrá tiempo de averiguarlo porque la próxima promesa acaba de llegar y hay que ir por ella cuanto antes. Con las fórmulas para solucionar la vida en un instante y casi sin esfuerzo pasa lo mismo que con las adicciones: se busca afuera el relleno para un vacío interior, pero como no es desde afuera ni desde la experiencia de otros desde donde se puede atender a esa fuente de angustia, el efecto calmante dura poco (en cada repetición dura menos) y la próxima dosis deberá ser más alta para provocar el mismo resultado o uno menor.

El doctor en psicología Daniel Kahneman (primer ganador del Premio Nobel de Economía, en 2002, que no es economista) ha estudiado estos mecanismos de la conducta y los expone con claridad, brillantez y abundancia de argumentos en su libro Pensar rápido, pensar despacio. Kahneman se detiene en lo que llama la ilusión de entender, producto de la necesidad de la mente de encontrar una causa para cada acontecimiento. Ese sesgo retrospectivo (así lo denomina) nos hace crear relatos que expliquen, siempre después, por qué algo pasó o dejó de pasar. No admitimos la aleatoriedad ni los caprichos de la suerte. Creemos que todo tiene un secreto y que una vez develado sólo queda repetir una y otra vez la fórmula para obtener los mismos resultados.

Como muestra Kahneman (con datos incontrovertibles), las empresas más eficientes lo son por un tiempo (y por factores más ligados a la suerte que a las fórmulas) antes de volver al perfil mediocre, de la misma manera que las de peor perfil pueden convertirse (por las mismas razones) en sorprendentemente redituables. Parejas que viven una felicidad aparentemente blindada entran en crisis, mientras otras que van de tormenta en tormenta encuentran acuerdos virtuosos. Niños prodigios a quienes se les augura futuros deslumbrantes tienen discretos rendimientos profesionales y emocionales en la adultez y otros chicos que parecen casos perdidos devienen adultos felices. Kahneman llama a esto “el regreso a la media”. Ninguna experiencia permanece definitivamente en los extremos, el movimiento pendular acaba por fijarse en un promedio. No hay fórmulas ni secretos, no hay recetas de otros. Nadie sale a dar conferencias o escribir libros sobre sus repetidos fracasos, porque no habrá lector ni oyente interesado en repetir esos pasos hacia el abismo. ¿Qué se cuenta, entonces, de los exitosos? Sus éxitos, claro. Y se los atribuye a supuestas virtudes perennes. Pero los exitosos fracasan en muchos ámbitos de la vida en los cuales no los vemos, y los “perdedores” ganan en muchos aspectos que no surgen a la luz.

Que alguien haya sobrevivido a una tragedia (naufragio, inundación, accidente, etc.) sólo significa eso. Tuvo suerte, pero no descubrió una fórmula que será aplicable exitosamente a cualquier ámbito (familia, negocios, deporte y demás). Y que un director técnico haya convertido a su equipo en campeón no hará que su método de entrenamiento resulte eficiente en cualquier grupo y en cualquier ámbito.

Lo único seguro es que la vida es incierta, que nada nos está asegurado de antemano, que mucho de lo que ocurrió como ocurrió se debió a la suerte o a motivos que jamás entenderemos a pesar de que construyamos explicaciones muy “lógicas”, que quizás nos tranquilicen respecto de la incertidumbre pero que no nos previenen contra nada. Que la vida sea incierta, que nada nos sea garantizado de antemano, que no podamos prestarnos ni vendernos (aunque no dejemos de intentarlo) nuestras experiencias es maravilloso, después de todo. Porque nos pone ante una extraordinaria vivencia: la de sumergirnos en el torrente de la existencia, navegar en sus misterios, poner a prueba nuestros recursos y despertar cada día para inaugurar una jornada inédita, sobre la que nadie podrá predecirnos nada.