¿Es posible recuperar la vida social después de tener hijos?

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Claro, tu vida se mudó a un planeta cercano y los recovecos de cada día no son los mismos que solías frecuentar. Hay cráteres por todas partes, o mejor dicho medias que nunca superarán desafíos de la blancura y un rejunte de partes que solían ser cosas, probablemente muñequitos, controles remotos, aros, cepillos de dientes, termómetros… Y te preguntás cómo es que, en tu cajón de cosas importantes, en donde guardás desde los documentos hasta las primeras ecografías de tus hijos, hay un puñado de papas fritas que lleva semanas. ¿Meses, tal vez? Cómo saberlo.

Emociones vintage, que les dicen. ¿Te acordás de aquellos días de entrar a ferias, exposiciones, muestras y recorrerlas durante horas, hasta que de repente comenzaban a dolerte músculos insospechados? Así te enteraste de que, perdido entre los glúteos, tenías uno llamado “tensor de la fascia lata”. Lo que es la ciencia, que lo tiró.

Y del ingreso definitivo a la jarana nocturna, ¿te acordás? Entradas a lugares inciertos, en veladas que te encontraban abrazada a tus amigas, a hombres conocidos y no tanto, e incluso a la bacha de algún boliche o bar. Todo daba vueltas y vueltas por aquellos días, y en el medio del vértigo había una persona: vos.

Hoy, esa ventanita se te cerró, como a Daniel Agostini, y no hay caso con pedir auxilio. Nadie viene a rescatarte de tu propia decisión de agrandar el combo familiar (y menos que menos tu madre o tu suegra, convencidas de que las exime de culpa y cargo TU decisión de tener hijos).

De un tiempo a esta parte, amiga, se abrió ante ti una puerta que tiene una flecha y en letras verdes dice “Exit”. O “Adiós, muñeca”, si te vienen mejor las salidas literarias, y en español.

Pero las puertas de escape siempre son maravillosas, dicen (recuerdo en particular la del colegio, viernes, quinto año, después de dos horas bloque de Matemática). Entonces qué sentido tiene lamentar aquellas entradas que han quedado vedadas. La del gimnasio, sin duda. La de las tiendas de trajes de baño, probablemente. Y muchas veces también la de la peluquería.

¿Querés un dato? Yo me hago la tintura en casa, sin siquiera verme la nuca, salpicando de castaño 4.3 todo el baño y solo porque el tiempo de espera que el producto promociona con bombo y platillo es de ¡diez minutos! El pelo no me queda una maravilla, pero es la máxima tolerancia que me permite mi propia ansiedad, sumada a la insistente demanda de mi hijo, de su padre, las llamadas de trabajo y actualmente los timbrazos repetidos del hombre que acaba de dejarnos sin gas por tiempo indeterminado.

-Hay una pérdida en la cañería principal del edificio, señora. Puede tardar unos meses…

Ah, bueno, a mí tachame la generala simple, porque a esta altura la doble es un lujo que ni sueño darme. A bañarse con balde y a cocinar con un anafe de campamento, nomás. Aclaro: el mencionado anafe de campamento no es mío, es prestado; tengo poquísimo camping encima por culpa de mi fobia a ciertos insectos.

Yo no digo ya entrar a lugares estrambóticos. ¿Un boliche swinger? ¡Pero por favor, qué barbaridad! (¿alguien sabe si alguno dispone de pelotero?)

Digo, más bien, entrar al cine, una tarde cualquiera, con la tranquilidad de conciencia de no sentir que se le está quitando tiempo fundamental a los hijos. Porque después, si alguno de ellos se convierte en asesino serial, la prensa no se privará de titular:

“La historia oculta del monstruo: tenía una madre ausente”

Ah, qué difícil. Por la dudas, en casa tratamos de charlar mucho y de dejar los cuchillos lejos.

Un día, una madre amiga me dijo:

-¿Te diste cuenta de que estamos afuera de todo?

-¿Pero antes estábamos adentro de algo? -pregunté.

Yo no me acuerdo cuando estaba adentro de la panza de mi mamá, y es una injusticia, porque debe haber sido el lugar más trascendental en el que estuve metida alguna vez. Después hubo un montón de entradas: colegios, institutos de esto y de aquello, trabajos, relaciones amorosas, autos, colectivos, subtes, trenes, espectáculos, museos, algún que otro avión. Por no mencionar cientos de locales de baratijas.

De casi todos esos lugares un día me fui. Sigo yéndome, cada tanto, de muchos otros a los que, eventualmente, ingreso.

Pero hay una salida que ya no es válida en mi vida: nunca podré irme de ese extraño lugar en el que me siento feliz cada día, todos los días…

Hablar de la maternidad, a esta altura, sería una obviedad. Y nadie en su sano juicio querría salir de ella…

No, me refiero a ese lugar único, personal, incomparable, del que siempre me cuesta salir (aunque desde la maternidad salgo bastante a menudo, mal que me pese)…

¡Mi camita! ¿No es de lo mejor ahora que empiezan estos primeros fríos?