La verdad sobre el amor, y otros misterios

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Por: Revista Sophia

Años atrás, el matrimonio supo ser un voto esculpido en piedra. Dar el sí era hacerlo de por vida, y la palabra “error” no tenía lugar en la ecuación. Hoy, en cambio, la idea de que la elección fue equivocada puede aparecer a meses de haber dado el paso, y la vuelta atrás es muchas veces un trámite rápido e indoloro. ¿Habrá, quizás, una opción intermedia, que ayude a comprender lo que pasa entre dos personas que se han jurado amor por el tiempo que sea?

La psicóloga americana Sheryl Paul piensa que sí, y eso es lo que enseña a hacer a numerosas PAREJAS –a punto de comprometerse, recién casadas o promediando varias décadas– a través de libros, cursos y talleres que la catapultaron a la fama al ser abrazados por personalidades como la cantante Alanis Morissette y la médica y autora Christiane Northrup. El detonante crucial fue una invitación a participar del programa de Oprah Winfrey, que terminó de posicionarla como un referente ineludible entre los consultores amorosos. Por fortuna, en el caso de Sheryl Paul hay sustancia detrás del estrellato, y sus ideas y lúcida visión ayudan a miles a través de su sitio: Conscious transitions (www.conscious-transitions.com).

Graduada del Pacifica Graduate Institute, una escuela de psicología que sigue los lineamientos y enseñanzas de Joseph Campbell, Carl Jung y reconocidos junguianos como James Hillman, con una currícula fuertemente anclada en el estudio de los sueños, los mitos, los arquetipos y otras expresiones simbólicas del inconsciente, Paul se expresa en sus textos poéticamente, e invita a sus “clientes” (no los llama “pacientes” adrede) a explorar sus ansiedades y angustias a través de la creatividad y la conexión con el espíritu, como sea que lo conciban.

En su primer libro, Conscious Brides (Novias conscientes), Paul empezó por derribar un mito: aquel que dice que las mujeres a punto de casarse deben ser todo sonrisas, excitación y alegre expectativa. En su lugar, la autora desnuda una realidad de la que poco se habla: la mayoría de las “novias” a punto de desandar el camino al altar sienten una inquietante combinación de emociones: entusiasmo, sí, pero también miedo, tristeza, angustia e inseguridad. La sociedad hace oídos sordos a estas emociones “inapropiadas”, y cuando se imponen, después de todo, tienden a corroborar los peores miedos, insinuando que, si hay dudas, es porque la elección fue equivocada.

Nada más lejos de la verdad, dice Sheryl, en diálogo con Sophia. Casarse –como dejar la escuela, irse de la casa de los padres, tener un hijo– constituye un rito de pasaje. Como tal, este conlleva ansiedad por lo que se deja atrás, temor ante lo desconocido que viene y un estado propio de toda transición llamado “liminal”. Este estado se produce al haber roto ya con lo viejo sin haber llegado todavía a lo nuevo, y la angustia que provoca es inevitable.

En lugar de ahuyentar estos temores o darles un peso exagerado, lo que aconseja la psicóloga es escucharlos y permitirles expresarse como las emociones que son. Sumada a las dificultades propias de cualquier transición, señala la terapeuta, hay en nuestra sociedad una perniciosa tendencia a construir ideas falsas sobre el amor. Libros, canciones y películas aseguran que el amor es un deseo lacerante, una pasión sin tregua, una certeza sin fisuras… o no es nada.

En palabras de la especialista, las dualidades –del estilo “estás enamorada o no lo estás”, “te atrae tu PAREJA o no te atrae”, “tenés una conexión o no la tenés”– son dañinas para la pareja. Porque lo cierto es que estas emociones fluctúan, y ante estas fluctuaciones, las personas se apresuran a pensar que algo no funciona en su relación. Frente a estos axiomas engañosos, Sheryl propone una visión distinta: que el amor puede cultivarse, la atracción incentivarse y la intimidad nutrirse. Y eso es, precisamente, lo que enseña a través de sus charlas y sus talleres.

Pero antes de enseñar a abrir el corazón, la terapeuta establece la base, que es aprender a lidiar con el temor y la ansiedad. Y de entrada nomás, declara que ella no comparte la visión negativa que tienen los especialistas sobre este “mal” de nuestros días. “Yo sé cuánto se sufre por causa de la ansiedad, pero también sé que, si la miramos como un mensajero que nos provee información vital de nuestro mundo interno, entonces, pasaremos de odiarla y tratar de ahuyentarla a abrazarla y aprender de ella”. Esta es, para la autora, la clave del crecimiento en nuestros vínculos y en la vida.

Una de las formas en que se presenta la ansiedad es como “pensamientos intrusivos”: ideas fijas que giran en falso en nuestra cabeza, una y otra vez, como un disco rayado. “¿Y si no amo a mi PAREJA?” o “¿Cómo sé si es la persona ideal para mí?” son algunos de los pensamientos, y si uno se engancha con ellos, lo que sigue es una verdadera tortura emocional. Pero si se aprende a reconocer lo que hay detrás, es más fácil desenredarse y volver al eje.

A fin de entender lo que propone la psicóloga para lidiar con este mecanismo, debemos explicar algunos conceptos clave. Según la psicología profunda de Carl Jung, las personas poseemos un Yo Superior (también denominado “Sí Mismo”), que es el centro de nuestro ser. Cuando nos conectamos con ese lugar, tendemos un puente no solo con nosotros mismos, sino con las personas y el mundo que nos rodea. Este Yo con mayúscula tolera la ambigüedad y las incoherencias de la vida porque está conectado con el espíritu. Cuando logramos aquietarnos lo suficiente, indefectiblemente emerge, como agua de una fuente antigua y profunda.

Luego está el pequeño yo, más conocido como “ego”, que es la parte nuestra que teme al cambio, a las transiciones, a lo indefinido y a la muerte en todas sus formas. De hecho, todo cambio implica algún grado de “muerte del ego”, porque nos llama a expandirnos más allá de los límites conocidos. Los vínculos suelen ser grandes detonantes de los temores del ego.

Veamos entonces cómo podría abordarse, desde esta perspectiva, la aparición de un pensamiento intrusivo, relativo a la pareja. Tomemos, por ejemplo: “Solo estoy con mi pareja porque tengo miedo de estar solo (o no quiero lastimarlo)”.

Según la psicóloga, el camino indicado consta de tres partes: 1) Advertir el pensamiento y dejarlo entrar. Si le hacemos lugar, se suaviza la angustia que nos provoca, ya que enviamos el mensaje a nuestro inconsciente de que, quizás, este pensamiento no sea tan peligroso como parece. 2) Nombrar al ego que lucha por ganar control. Cuando, en un pensamiento intrusivo, aparece la palabra “solo”, “siempre”, “nunca” y otras que remiten a absolutos, es una pista de que es el ego el que está formulando la pregunta. En estos casos, decirnos a nosotros mismos: “Este es mi ego luchando por el control” interpone un espacio y da lugar a que el Yo Superior se manifieste. 3) Permitir que el Yo Superior haga lugar a la incertidumbre. La vida está llena de grises y ambigüedades. Si podemos darnos esta respuesta: “Bueno, quizá sí hay una parte mía que está con él porque no quiere estar sola”, probablemente algo adentro se calme y afloje, permitiendo que se manifiesten otros matices y que aparezca una verdad más abarcadora.

Otro pensamiento difícil que Sheryl encuentra a menudo en el consultorio tiene forma de queja: “Puede sonar extraño, pero a veces querría que mi PAREJA no estuviera tan disponible”. Según la terapeuta, este deseo proviene de una visión que equipara el amor con el anhelo, la obsesión y el sufrimiento de estar en perpetua persecución del otro. Por supuesto, elegir estar con alguien que no está disponible es la mejor manera de evitar entrar en un vínculo, y mantener el corazón acorazado y seguro. Contra el mandato popular que aconseja “mantener vivo el misterio”, Sheryl dice: “No me interesa fomentar la distancia y el misterio en las relaciones; me interesa ayudar a la gente a sentirse atraída por la cercanía”.

La búsqueda equivocada

Quizás el trabajo más importante que plantea la psicóloga es, por un lado, trabajar sobre los propios miedos y, por otro, aprender a ser uno mismo la fuente de vitalidad y entusiasmo que ansía en la vida.

“Las personas suelen decir: ‘Solo quiero sentir más amor (o sentirme más enamorada)”. De lo que no se dan cuenta es de que están esperando que el amor llueva sobre ellos como maná divino o, peor, que sus parejas los ‘hagan sentir amados’”, dice la autora. Y continúa: “Lo cierto es esto: el amor no está ahí afuera. Todo lo que nos enseña la cultura está equivocado. Los sentimientos amorosos no aparecen mágica y misteriosamente cuando uno está ‘con la persona indicada’. Los sentimientos amorosos manan de nuestro interior cuando realizamos acciones amorosas, tanto por nosotros mismos como por nuestra pareja. Y brotan también cuando derribamos los temores y las creencias erróneas sobre nosotros mismos que nos impiden amar”.

Mucho se habla hoy de la oxitocina, la hormona que genera un fuerte deseo de acercamiento entre madres e hijos, y que opera también en el vínculo amoroso. Esa poderosa droga, que se activa con los mimos, las sonrisas y los gestos hacia el otro, es nuestra por derecho de nacimiento. Como lo es, también, la vivencia del amor divino.

Por eso, la idea del amor que propone la especialista no requiere vagar por el mundo en busca de nuestra pareja ideal, sino más bien un sincero y profundo viaje interior. ¿Qué significa “enamorarse” en este escenario? Así lo define Sheryl: “Es la dulce y a veces sutil alegría que mana de un corazón abierto, cuando las paredes del miedo se derrumban y conectamos con la cálida corriente que corre por nuestra alma. Puede que lo experimentemos al contemplar la naturaleza, mirando a nuestro hijo recién nacido, o estando de la mano con nuestra pareja. Es una experiencia que nace de un corazón lleno y deriva en acciones amorosas hacia otros.”

Así lo dijeron también místicos y poetas de todos los tiempos, versados en las cosas del querer. Por ejemplo, el gran Rumi, quien en el siglo XIII, antes de que la psicología tuviera nombre, vaticinó: “Tu tarea no es buscar el amor sino derribar las barreras que has erigido en su contra en tu interior”. Ardua y honrosa tarea, ayer como hoy.