La anorexia ya no tiene edad y los casos aumentaron 50% en 10 años

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Preocuparse por la silueta, verse gorda ante el espejo, pesarse todos los días y compararse con las modelos solía ser cosa de adolescentes. La anorexia se enseñaba en el colegio como una enfermedad exclusiva de este período convulsionado de la vida; de alguna manera, la limitábamos. Pero hoy las fronteras no son tan claras. Especialistas en nutrición de hospitales públicos y de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (ALUBA) reconocen que son cada vez más las consultas realizadas por pacientes mayores de 30 años y menos de 10. “Si bien es una enfermedad típica de los adolescentes, la edad de aparición se corre hacia abajo y hacia arriba, y surge entre niños y adultos con mayores frecuencia”, afirma la doctora Valeria Hirschler, pediatra y especialista en nutrición del Hospital Durand.

En un mundo en jaque por el crecimiento de la obesidad, se expande, paradójicamente, su extremo opuesto: se estima que el 37% de las jóvenes argentinas sufre desórdenes alimentarios que son la antesala de la bulimia y la anorexia. En la última década, aumentaron un 50% las consultas por este tipo de trastornos, según datos de ALUBA. Sólo en esa entidad atienden 50 consultas por mes. Hace diez años, la cifra oscilaba entre 20 y 25 consultas. Algo similar está ocurriendo en el Servicio de Nutrición del Durand.

“A los 8 o 9 años consultan. En general, chicas con sobrepeso que empiezan una dieta y comen cada vez menos”, puntualiza Hirschler. En nuestro país, un estudio multicéntrico liderado por la doctora Luisa Bay halló una prevalencia del 12 al 15% de riesgo de trastornos alimentarios en niñas y niños, de entre 10 y 12 años. Los factores de riesgo que identificaron los autores fueron la presencia de antecedentes de problemas alimentarios, de madre obesa y de familiar que hace dieta. Hirschler advierte sobre chicos que “dejan de interesarse en la comida, pierden peso, están desnutridos, dicen que se sienten gordos pero están flacos y adoptan la moda de las dietas”.

Para la endocrinóloga y psiquiatra, María Teresa Calabrese, especialista en niños y adolescentes y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), los desórdenes alimentarios en niños se enmarcan en una cultura donde el cuerpo y la figura son protagonistas. “Los adultos están muy preocupados por su imagen y se lo transmiten a sus hijos”, sugiere, en sintonía, la psicoanalista Any Krieger, miembro de APA.

En ALUBA, el grupo de niños con problemas alimentarios se reúne todos los jueves. Marcelo Bregua, psicólogo y coordinador general, cuenta que en los chicos de 5 a 7 años encuentran lo siguientes indicios: “No quieren alimentarse o comen opíparamente todo el día, abren solos la heladera y devoran; o son chicos que se centran en un grupo de alimentos y dejan de lado el resto”, describe. “Si estas características no se tratan, pueden acentuarse en la adultez”, advierte.

La cultura es señalada también como responsable. Pero los modelos de perfección esquelética como Cara Delevingne o Miley Cyrus, ¿hasta qué punto influyen en las niñas? Según el doctor Jorge Martín Giménez, psiquiatra y director de CITTRAL (Clínica Interdisciplinaria Trastornos Alimentarios), cada uno adopta estos ideales sociales de una manera particular. “A algunas las llevará a un cuadro patológico y a otras no: a quién sí y a quién no dependerá de cuestiones que tienen que ver con la estructura psíquica, la inseguridad, los antecedentes familiares y personales y la autoestima”.

Del otro lado del espectro están las mujeres adultas con anorexia, que vienen cargando a cuestas la enfermedad sin encontrar respuestas, o que sufren recaídas motivadas por crisis vitales, entre otros motivos. Es raro que la anorexia surja en la adultez; suele tratarse de personas que ya tenían un antecedente. Bregua sostiene otra teoría: “Son mujeres que nunca buscaron ayuda hasta que, en general de la mano de una pareja, deciden acercarse para trabajar su problema”.

Para Hirschler, el hecho de que haya más mujeres adultas con anorexia se debe a que la enfermedad se ha vuelto un “fenómeno social”. “Todo el mundo quiere ser flaco”, concluye. Ese es el peligroso punto de partida que ciertas veces termina en enfermedad.

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