El miedo a quedar desconectado

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Hola, soy María Eugenia y tengo un problema: me angustia quedar al margen de ciertas cosas. Sin ir más lejos, de la posibilidad de juntarme con mis amigas un martes a las tres de la tarde a disfrutar del sol y la pileta. Ellas igual no se reprimen y me twittean sus fotos de felicidad veraniega, con mensajes del tipo: “Dale, dejá todo y venite”. Por esa razón, y debido a que no quiero ver que todo lo que ocurre en mi ausencia es espléndido, opté por tomar una distancia “terapéutica” de ciertos beneficios de la tecnología. Por ejemplo, el de espiar por Facebook qué piensan, qué hacen y cómo se divierten familia, amigos, colegas y ex parejas. Ah, y también me tomé vacaciones del WhatsApp, con su promesa de conexión ilimitada para armar planes todo el tiempo. ¿Por qué igual me abruma saber que hay vida terrestre en esos mundos paralelos?

Al parecer, no estoy sola. Y lo que me pasa tiene nombre y todo: FoMo, en inglés; una abreviatura de “Fear of Missing Out”. Y a pesar de que el moderno síndrome no cuenta aún con una traducción criolla, podríamos definirlo como la sensación de angustia o temor que produce la posibilidad de perdernos lo que pasa a nuestro alrededor. A quedar excluidos de todo. Aunque cuando decimos “todo”, sea en realidad, más bien, “algo”. Una cena, un evento, una noticia que nos dará otra oportunidad. ¿Por qué entonces pareciera a veces que no estar en lugar indicado en el momento justo puede ser tremendo?

“Es un concepto bastante nuevo y se caracteriza por el deseo de estar conectados continuamente con lo que otros están haciendo. Se trata de una forma de ansiedad social, una preocupación compulsiva frente a la posibilidad de perder una oportunidad para la interacción social, una experiencia nueva, la inversión rentable o cualquier otro evento satisfactorio. Esto se asocia en especial con las tecnologías modernas, como los teléfonos móviles y los servicios de redes sociales”, describe el doctor Andrew Przybylski, científico social graduado en la Universidad de Oxford, que fue pionero a la hora de identificarlo, luego de investigar la motivación de las personas comprometidas con entornos virtuales. A través de su trabajo, publicado como “Las computadoras en el comportamiento humano”, Przybylski descubrió que la condición era más común en aquellos con necesidades emocionales insatisfechas, como la de querer ser amado y valorado socialmente, y también que estaba asociada con las redes sociales como Facebook, Twitter y LinkedIn (entre otras) porque proporcionan la oportunidad constante de compararse social, afectiva y laboralmente con los demás. “Los FoMo son personas a quienes les preocupa que otros puedan tener más diversión y experiencias gratificantes que ellos”, explica.

Algunas cifras al respecto: según un estudio realizado a nivel global, más de la mitad de quienes usan las redes sociales padecen FoMo en alguna de sus formas. La información proviene de un censo realizado por MyLife.com, una plataforma de servicios on-line. En la encuesta, el 52% de los 2084 consultados dijo que por esa razón, en algún período de este año, decidió tomarse vacaciones de una o más redes sociales. Es que el 56% de quienes participaron del estudio se reconocieron víctimas de este síndrome, entendido como un miedo irracional a quedar afuera de aquello que ocurre en sus comunidades on-line y, por ley transitiva, también off-line.

“En la actualidad, y de un modo creciente, la globalización refuerza la idea de vivir en red. Las imágenes de los sucesos mundiales impactan en la conciencia individual con la misma inmediatez que en épocas anteriores lo hacían los sucesos barriales. Todo está sucediendo ahí y la multiplicidad actual de tecnologías permite formalizar la ‘tendencia a crear redes’ que posibilitan aprovechar y ampliar los contactos. Estar informado o, mejor, ‘actualizado’ es hoy es un valor social que distingue, posiciona y otorga identidad. Esta posibilidad de ‘existir’ on-line va afectando cada vez más a los distintos segmentos”, explica la licenciada Mariela Mociulsky, psicóloga y directora de la consultora de tendencias Trendsity.

Otras historias, el mismo FoMo

A través de la ventana de su cuarto, el lago Lácar aparecía magnífico. ¿Cómo ignorarlo? Pero ella ni siquiera había reparado en la vista, porque sus ojos estaban clavados en otra ventana, justamente el “Windows”. No podía dejar de mirar cómo desfilaban por su tablet las fotos que sus amigas iban subiendo a Instagram a través de teléfonos celulares. ¡Qué bien lo estaban pasando en sus primeras vacaciones solas en Punta del Este! Pero, en vez de alegrarla, eso la hacía sentir sola, deprimida, enojada.

La historia de esta adolescente de 14 años tiene final feliz: al tercer día de su estadía familiar en San Martín de los Andes, ya se había olvidado de lo miserable que se sentía al llegar. De hecho, sin darse cuenta, había empezado a pasarlo tan bien que las horas volaban mientras iba a pescar con su abuelo, o salía con un grupo de chicos que también veraneaban en el lugar. ¿Y la tablet? Bien, gracias.

“Durante mucho tiempo tuve miedo de perderme planes que me parecían divertidos. Tengo muchos amigos y siempre me gustó hacer programas con ellos y pasarlo bien. Pero una vez que entré en la rueda de los eventos, sentí que ya no podía salir”, describe por su parte Amira, una licenciada en Ciencias Políticas de 31 años, quien reconoce que por fin entendió que la cuestión no pasaba por hacer piruetas para cumplir con todas las invitaciones que le llegaban. “A veces, terminaba yendo a tres eventos en una misma noche y no me relajaba en ningún lado, llegaba tarde… Lo pasaba mal”. Según explica, la clave estuvo en comprender que debía desconectarse de tantas propuestas. “Al principio, fue difícil porque tenía la sensación de que todo el mundo lo pasaba bárbaro y yo no estaba ahí, sobre todo cuando veía las fotos que subían a Instagram. Pero pude soltar, y aunque dejé de participar de muchos programas, aprendí a elegir los más importantes para mí, y a disfrutarlos”.

“El afán de no perderse nada es muy demandante y, por eso, se valora cada vez más la eficiencia, buscando herramientas y atajos para lograr una mayor productividad en menos tiempo. Una ‘vida editada’, para seleccionar según preferencias y necesidades a dónde ir, qué información recibir, qué productos comprar, qué noticias atender, a qué personas conocer, etc. Hoy ‘existir es tener visibilidad’, y ante la saturación de información disponible, aprender a editar es una demanda exigente, pero también es casi un arte que debemos contemplar”, concluye Mociulsky.

Será cuestión de elegir, nomás. En tiempos de pantallas múltiples y sentimientos encontrados (¿o desencontrados?), la ventaja radica en tener siempre la opción de “seleccionar todo”, para “copiar y pegar” solo lo que nos hace sentir felices. Siempre existe una salida y, en este caso, el botón de Off es el que puede rescatarnos.

Y vos… ¿tenés FoMo?

Una encuesta elaborada por el doctor Andrew Przybylski circula por las redes sociales con el objeto de dar a conocer el fenómeno y lograr que nos tomemos un instante para reflexionar sobre el uso que le damos a la tecnología. Responder afirmativamente a estas preguntas debería encender una luz de alerta.

1.¿Te genera ansiedad no saber lo que tus amigos están haciendo?

2.¿Sentís que estás dedicando demasiado tiempo para mantenerte al día con lo que pasa en las redes sociales?

3. ¿Sentís que otros tienen experiencias más gratificantes que vos?

4. ¿Te molesta perderte una reunión planificada o algún evento?

5. Cuando vas de vacaciones, ‘querés seguir manteniendo el control sobre lo que hace tu entorno?

6. ¿Te enojás cuando te enterás de que tu grupo de amigos se divirtió sin vos o hacen chistes que no entendés?

“Al final, te desconectás y no pasa nada”

Hay una imagen recurrente: amigos sentados en un bar chequean sus teléfonos mientras la cerveza espera en la mesa. Están sin estar, porque a la vez son parte de otra reunión: la de las redes sociales. Solo basta mirar al ciclista que escribe un SMS andando por la bicisenda, a la chica que choca gente por ver su teléfono… No solo quienes trabajamos en el mundo digital vivimos conectados. Mi mamá y mi sobrino también lo están. La identidad de cada uno está ahí. Si googleo a alguien y no aparece, suena raro. ¿Cómo que no tiene cuenta en Facebook ni en Twitter?

Hay factores psicológicos que determinan cada caso. Pero el negocio de la conectividad es tan grande que las empresas nos bombardean a todos por igual. ¿El mensaje? Que vamos a quedarnos afuera si no tenemos el último teléfono.

Las consecuencias están a la vista. Técnicas: las redes están saturadas por la sobreabundancia de dispositivos y las conexiones son deficientes. Humanas: nos quejamos de los otros y, al rato, estamos pegados a las pantallas. Hoy, no conectar con el mundo digital es un esfuerzo. Desde chicos, siempre quisimos pertenecer a ciertos grupos, pero ahora la posibilidad es fabulosa: son verdaderas comunidades globales, llenas de encuentros e información.

Por eso, intento llegar a casa y encarar una vida off-line, aunque no siempre lo logro. Una vez, en Estados Unidos, tuve que dejar mi teléfono en un box para entrar a una reunión. Sentí que me desarmaba. Ahora festejo que acá haya restaurantes que tengan cajas para dejar los aparatos y donde el que se tienta y los agarra paga la cuenta. Sí, siempre hay mensajes y mails para responder, pero pueden esperar. Al final, una noche te desconectás y no pasa nada.

Por Leandro Zanoni, periodista y director de Tercerclick.

“Cuando como, como; y cuando duermo, duermo”

El discípulo le pregunta al maestro:

–¿Cómo te entrenas para obtener la sabiduría?

El maestro responde:

–Cuando como, como; y cuando duermo, duermo.

–Pero eso lo hace todo el mundo –replica el discípulo.

Y el maestro dice:

–No es cierto. La mayoría de las personas cuando come, piensa en mil cosas diferentes y cuando duerme, sueña con miles de cosas. Yo, amigo mío, cuando como, como; y cuando duermo, duermo. Y así me entreno en la Sabiduría.

Reflexión:

La mente tiene una rara habilidad para estar en el antes y en el después, pero no en el momento presente. Es por esa razón por la que casi todo lo hacemos mecánicamente, igual que mecánicamente pensamos y hablamos, con un nivel de conciencia muy pobre. Desde la semiconciencia o conciencia dormida, nuestras actividades se tornan maquinales, faltas de brillo e intensidad. La mecanicidad empobrece, herrumbra el ánimo y el cerebro, le roba vitalidad e intensidad a la mente. No hay nada tan mecánico e hipnótico como los pensamientos incontrolados, esos automatismos que se nos imponen, anegan la mente y la desertizan, causando obsesiones, temores infundados, preocupaciones sin sentido y distracciones inútiles que impiden conectar con el momento presente y vivirlo con toda su plenitud.

Extracto de Los mejores cuentos espirituales para la vida diaria, de Ramiro Calle, Editorial Kailas.

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