Eleonora Wexler: “Ya no me tapo ni me escondo”

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Hay muchos actores que, para hablar de un quiebre en sus carreras, echan mano a un clásico. Entonces se multiplican en los discursos, en el casillero de ‘un antes y un después’, títulos como los de Yerma, Hamlet, Rey Lear y así. No está mal. Pero no es precisamente el caso de Eleonora Wexler, que sí ha actuado en obras de autores clásicos, y, sin embargo, confiesa que el notable cambio que se produjo en ella “fue a partir de Valientes”, la tira que emitió El Trece en 2009. Ni más ni menos actriz. Sincera… Un condimento que la recorta de la pandilla de la pretensión.

En la piel de Martina Mendoza, su personaje en Noche & Día (la tira de El Trece que desde el lunes pasa a las 23), se la nota madura como mujer, sólida como actriz, enriquecida por el duelo actoral que en cada capítulo construye junto a Oscar Martínez (ver Los amantes).
En una tarde que ha superado los 34 grados, ella elige una limonada con menta y jengibre para refrescar la charla, en el fondo de un bar de Palermo. Wexler ha sido una niña que creció en estudios de televisión y escenarios, pero se ha hecho grande en la vida. Luce plantada. Y algo, en su cuerpo, parece distinto.
“No me hice nada. Fui muy deportista, de chica entrenaba en gimnasia artística. Y tomé mucha Vitina. Durante bastante tiempo tuve cuerpo de nena, pero un día la nena desarrolló, apareció una cosa medio exuberante y yo no lo supe manejar. Ahora digo ‘pero qué salame, ¿por qué no estaba más segura de mí en ese momento?’. Como sentía que lo mío era el palo de la actuación, mostrarme o dejarme ver me parecía que no estaba bueno”, reconoce con la vista puesta en los trabajos que hizo de adolescente, tras el despegue que le dio su debut en la comedia musical Annie, con 9 añitos.
“Antes yo hacía mucho teatro oficial y no estaba tan expuesta en la tele. La cosa de máxima exposición había sido La banda del Golden Rocket (1991). Me acuerdo que tenía cierto pudor desde la imagen, porque ahí laburaban mujeres hermosas, como Araceli González o Marisa Mondino. No me sentía sólida. Después seguí en el Teatro San Martín, me estabilicé y, mucho tiempo después, tomé confianza. Y aquí me ves. Ya no me tapo ni me escondo”, se ufana, con una combinación equilibrada de humor y dulzura.

¿Cuándo empezó el cambio?
Me pasó algo muy fuerte con la maternidad, hace 11 años, que es eso tan simple y tan fuerte como dejar de ser el centro vos para que tu centro sea otra persona de tu vida. Y Miranda es todo. Y, luego, hubo algo que asocio con el momento de Valientes, hace cinco años y pico. Fue todo un combo: mi personaje, una villana muy poderosa (ver Para la Coca-Cola), el vestuario, el lookete que me habían armado, mis herramientas… Empecé a sentirme más segura conmigo misma, algo me pasó como mujer. Y me permití abrirme. Quizás antes pensaba que no hacía falta mostrarme linda para que me vieran buena actriz. Era como que una cosa atentaba contra la otra. Pero un día empecé a romper con esos viejos fantasmas de que la seriedad estaba asociada con cierto aire de solemnidad.
Comparte que el cambio de actitud fue posible, también, “gracias al apoyo de mi familia” y que su familia ahora es “mi hija, mi hermana, mis viejos, mis sobrinos y mi tía. Tengo 40 años -está separada- y hablo todos los santos días con mi mamá y mi papá, es un ritual muy lindo. Siempre me sentí acompañada por los dos, mi madre me ha bancado mucho y mi padre me ha incentivado siempre desde lo artístico, porque es amante de la música, del arte en general. Me encanta su mirada sobre las pelis, sobre los trabajos de los actores”.

¿Qué te dice del tuyo?
Mi viejo a veces me dice: ‘No quieras demostrar lo que no estás sintiendo’. Lo dice desde un lado constructivo. Y yo escucho. Lo que pasa es que en la tira te lleva un tiempo construir el personaje.

Se define “fanática de Meryl Streep” y, mientras repasa algunos de sus trabajos, se emociona: “Me parece que es un camaleón, es una bestia, la admiro terriblemente. Hablo de ella y me apasiono. Lo que pasa es que a mí me gusta la actuación con expresión. No me gusta esa cosa que se impuso en una época de la técnica de ‘no actuar’. No, actuá, que te crean, que te crean lo que estás contando. Que se note que te pasa algo. Si el personaje que te toca tiene problemitas está bien, pero no me va la displicencia como método. Yo necesito expresar y soy una actriz que, por lo general, gesticula”.
En Noche & Día -la tira protagonizada por Facundo Arana y Romina Gaetani-, su ping-pong diario con Oscar Martínez la muestra en su plenitud, como si ambos dibujaran un escenario en el estudio. Invitan a un viaje por la teatralidad.

Que estuviera él en el elenco, ¿fue clave para dar el sí?
Fue una punta interesante. Me gustaba mucho volver a laburar con él. Juntos hicimos en teatro El descenso del Monte Morgan y, mucho antes, Relaciones peligrosas. Es un tipo que me devuelve todas las pelotas. Cuanta más confianza tenés con el otro más ganás.
Wexler volvió a la pantalla después de haber protagonizado, por Telefe, Los vecinos en guerra y luego de actuar en teatro con El gran deschave y El toque de un poeta: “Andaba con ganas de volver a una tira, pero no quería un lugar de mucha exposición. Acá claramente los protagonistas son Facundo y Romina. Protagonizar es, además, otra carga de tiempo, estás en todas las escenas… Yo quería volver a laburar, pero, también, tener tiempo para estar con mi hija. Y aquí me ofrecían un buen personaje y una linda historia. Y, por otra parte, nunca había hecho un policial.

Para muchas mujeres, la llegada de los 40 marca algo. ¿Vos sentiste alguna diferencia?
No soy de pensar en el paso del tiempo. Lo que noté desde hace un tiempito es que ya hay lugares en lo que no me quiero poner. Nunca fui una persona quejosa, pero me contagiaba fácil de la queja ajena y no quiero más eso.

Pero si algo te molesta, ¿se te nota?
¿Cómo? Sí, mucho más que antes, te diría. Lo planteo, lo digo. Soy más diplomática en el trabajo que en mi vida personal, donde soy más impulsiva. Pero la queja fácil ya no. En la vida exploto, digo lo que siento y después se me pasa rápido, pero no me quedo enroscada. Y pido disculpas, por supuesto. Bueno, ahora que lo pienso, desde que cumplí 40, digamos, estoy más perceptiva y más sensible.

¿Hay algo, todavía, de esa nena que fuiste?
Mirá, como actriz, me acuerdo de las cosquillitas en la panza, cosa que aún me pasa, fundamentalmente en el teatro. Las siento antes de entrar a escena. También me gusta jugar… Bueno, de hecho estoy haciendo lo que hacía de chiquita, cuando torturaba a mis viejos en el living de casa, montando obras de teatro que yo producía, dirigía y actuaba. O cuando cantaba imitando a Yolanda de Los Parchís.
Tal vez ahora, que se permite sacar más a la mujer que lleva adentro, se esté reencontrando con esa niña que jugaba a actuar. Y, sin saberlo, ya actuaba seriamente.

Su personaje: Martina Mendoza

Cuenta que su casa “es un territorio de mujeres”, copado por ella, su hija de 11 años… y “Ambar, Reina y Afrodita. Dos perras y una gata que son nuestra debilidad. Un universo muy femenino”, describe Wexler, más conocida como ‘la mamá de Miranda’. Confiesa que no es fácil ser madre de una preadolescente, porque “me devuelve todas y no estoy preparada para que me conteste todo sobre todo”.
¿Es más señorita que nena?
Por un lado es una nena y me encanta eso, y me dice ‘Mamá, ¿me secás?’, cuando se termina de bañar, por ejemplo. Y no tiene, al menos conmigo, el pudor que tienen otras chicas con sus mamás. Y por otro lado me dice: ‘¿Eso te vas a poner para salir? ¿Quién te dijo que la boca pintada de rojo te queda bien?’. El otro día, que me había pintado, me preguntó ‘¿Qué te dijeron de la boca roja?’. ‘Nadie me dijo nada’, le contesté. ‘Bueno, te quedaba horrible’. No tiene filtro, ¿entendés?
Hay cosas que se heredan…
¿Sabés que yo fui así? No tan de chica, de todo modos.

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