Campeón tras 12 años: la Argentina se consagró en el Sudamericano con un triunfo ante Uruguay

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Volvió la Argentina. Al fin. El Sub 20 es el rey del fútbol sudamericano después de 12 años. Con personalidad, con fuerza, con sentido colectivo, con pasión. Así jugó el noble equipo que dirige Humberto Grondona, el padre futbolero de muchas de las jóvenes promesas: con pasión. La Argentina superó por 2 a 1 a Uruguay, en su casa, con su gente, en el histórico Centenario, se consagró campeón, está en el Mundial, se clasificó para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro y dejó afuera al equipo celeste. Colombia jugará el repechaje, tras vapulear a Brasil por 3-0.

No empezó nada bien la Argentina. No tanto por el desarrollo (en el juego, era levemente mejor), sino por el impacto del marcador. A los 7, Uruguay ya ganaba, por una genial acción de Amaral por la izquierda (tiene apenas 17 años y volvió loco a Casasola), que derivó en el tanto de Pereiro, respaldado en una salida en falso de Batalla.

El Juvenil, sin embargo, no se desesperó. Ante todo, la tranquilidad, fue el sabio mensaje de Grondona. El juego siguió, entonces, en esa tónica: fuerza, lucha, pierna fuerte, pero sin maldad. Nada de lo que se había anunciado en los días previos: una final a cara de perro, sí, con tensión, nervios y fortaleza mental, pero sin mala fe.

No se sintió incómoda la Argentina con la desventaja, ni con el marco: unas 55.000 personas pintaron de celeste el histórico Centenario. De a poco, tomó el balón. Siempre fue Correa la llave del progreso, como en la igualdad: de su acción individual derivó el 1-1, un poco sucio en la elaboración, pero con la astucia de Driussi en la definición. Suerte de premio personal para el chico de River, que no tuvo un torneo convincente y al que aún lo gobiernan algunos fantasmas por un penal fallado cuando era un niño, en un Sub 17.

Pereiro, el 10 uruguayo, expuso una soltura, personalidad y destreza poco comunes en el universo de los chicos. Por su talento, Uruguay siempre estuvo cerca, aunque el ímpetu y fervor colectivo de la Argentina le hicieron frente con templanza.

Los minutos transcurrieron con la tensión lógica de los uruguayos, que se sintieron con las manos vacías y con el confort de los argentinos, satisfechos con el resultado y con el manejo de los tiempos.

Los minutos finales, sin embargo, tuvieron el dramatismo de una definición decisiva, con una baja capacidad futbolera. Ya no había espacio para el cerebro ni el botín, fue el espacio de la ansiedad, el nerviosismo y el reloj. Ni Uruguay tuvo el empuje de tiempo atrás, sin el respaldo multitudinario de la gente, más pendiente del cronómetro que del desarrollo. Ni Argentina tuvo la capacidad ni la lucidez para resolverlo. Hasta que… apareció Angelito. Con una media vuelta sensacional, definió con serenidad. La celebración fue grupal, aunque tal vez el ex delantero de San Lorenzo resultó el mejor de la noche… y del torneo.

En los últimos instantes, hubo una mayor dosis de tensión. Mayor pierna fuerte. Y un feo clima con los 300 hinchas argentinos, que no la pasaron bien en la tribuna América. Fue, en realidad, un final de anécdota. Lo que queda, lo mejor, es que la Argentina volvió a ser campeón sudamericano. Volvió a ser el monarca del Sub 20. Una estrella que estimula al fútbol argentino.

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