El culpable del papelón en los Oscar tiene nombre y apellido

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“¡Tráiganme la cabeza de Martha Ruiz y Brian Cullinan!” Tal vez algún ejecutivo, en algún despacho de PricewaterhouseCoopers (PwC), haya golpeado su escritorio gritando esa frase apenas estalló el papelón del Oscar. ¿Quiénes son los pobres aludidos? Los que se encargan del conteo de los votos de los casi siete mil miembros de la Academia de Hollywood. Hasta el domingo a la noche, eran dos empleados felices que les explicaban a los medios del mundo, orgullosos, en qué consistía su trabajo y cómo lo hacían. Veinticuatro horas después, se habían transformado en dos personajes malditos, acusados de ser los culpables del mayor disparate en los 89 años del Oscar. Luego, Ruiz pudo respirar algo aliviada: Tim Ryan, presidente de la empresa, atribuyó la metida de pata a Cullinam. Según el ejecutivo, él fue quien tomó el sobre de la pila equivocada y lo entregó a Faye Dunaway y Warren Beaty.

Fundada en 1849, con sedes en Londres y Nueva York, PwC es una de las consultoras más grandes del mundo. Y desde 1935, una de sus tareas es hacer el escrutinio del Oscar: Ruiz y Cullinan, contadores, son los jefes del operativo. En su perfil de Twitter, él, veterano empleado de PwC, se define como amante del esquí, las Harley Davidson y los New England Patriots, campeones del Super Bowl. En los últimos días, venía tuiteando sobre los premios, pero desde el domingose llamó a silencio.

Desde 2014, el doppelgänger de Matt Damon era, junto a Ruiz -que se sumó en 2015- el dueño del secreto: eran los únicos dos en el mundo que conocían a los ganadores del Oscar antes que nadie. Esta vez, el procedimiento fue el de siempre: el martes previo a la ceremonia, cerrada la recepción de votos, imprimieron los que llegaron por correo electrónico, los juntaron con los pocos enviados por correo común y los contaron manualmente. Los ayudaron otros empleados de PwC, pero distribuyeron los papeles de modo que nadie aparte de ellos supiera el resultado total. Para el viernes, ya tenían los resultados y dos juegos de 24 sobres armados con los ganadores. Había un tercer juego guardado, por las dudas, en un lugar secreto. Y, además, ellos dos memorizaron a los ganadores. Más: para prevenir contratiempos, fueron a la ceremonia por caminos distintos, siempre escoltados por guardaespaldas armados.

Pero ninguna de estas medidas de película pudo evitar un error humano como el del domingo. Que ya había ocurrido: en 1964, a Sammy Davis Jr. le dieron el sobre equivocado y leyó el ganador de una categoría que se entregaba después. Nadie recuerda qué consecuencias hubo entonces, como no se sabe qué pasará con Cullinan, ni con el contrato que une a PwC con la Academia. La consultora emitió un comunicado de disculpas, pero como declaró a AP el especialista en marcas Nigel Currie, este fue “el peor error que uno se puede imaginar”. El blooper puede costar carísimo.

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